Conduje directamente al hospital, rezando para estar equivocada… y aterrorizada de no estarlo.
Noah lloraba en el asiento trasero, tan débilmente que ese cambio me asustó aún más.
—Aguanta, cariño —repetía mientras atravesaba las calles—. La abuela está aquí. Ya casi llegamos.
Al llegar a urgencias, entré corriendo con él en brazos.
—Mi nieto tiene dos meses —dije, intentando no llorar—. No deja de llorar, no quiere comer y tiene un moretón en el abdomen. Necesita que lo vea un médico.
La enfermera no perdió ni un segundo.
Lo llevó detrás de unas cortinas, llamó a un pediatra y conectó pequeños sensores a su pecho. Yo me quedé a un lado, mirando cómo Noah seguía llorando mientras una enfermera le sostenía la mano diminuta.
—¿Cuándo apareció la marca? —preguntó el médico.
—No lo sé. Lo vi hoy. Sus padres me lo dejaron hace una hora. Pensé que era solo un pañal apretado, pero… —mi voz se quebró—. No parece una marca normal.
El médico levantó con cuidado el mameluco de Noah.
Su expresión cambió.
No dijo nada durante unos segundos.
Y el silencio fue peor que cualquier respuesta.
—Vamos a hacerle análisis de sangre y una ecografía —dijo al fin—. Hizo bien en traerlo.
—¿Alguien le hizo daño? —pregunté.
El médico me miró directamente.
—No debemos asumir nada todavía. Un moretón en un bebé tan pequeño siempre requiere una evaluación seria, pero existen causas médicas que también debemos descartar.
Esa respuesta no me tranquilizó.
Solo me hizo temblar más.
Llamé a Daniel desde el pasillo.
Contestó de inmediato.
—Mamá, ¿todo bien? ¿Cómo está Noah?
No supe cómo decirlo.
—Estoy en el hospital con él.
Hubo un silencio.
—¿Qué pasó?
—No para de llorar. Tiene una marca en el abdomen. Los médicos lo están revisando.
Escuché a Megan preguntar algo al fondo. Luego la voz de Daniel se rompió.
—Vamos para allá.
Llegaron en menos de veinte minutos.
Megan entró corriendo, con el rostro blanco y los ojos llenos de terror. Daniel iba detrás de ella, sin saber qué hacer con las manos.
—¿Dónde está mi bebé? —preguntó.
La enfermera los llevó al cubículo.
Megan se inclinó sobre Noah y comenzó a llorar en silencio.
Daniel miró la marca morada y luego me miró a mí.
Por un instante, vi algo en su expresión.
No enojo.
No exactamente.
Fue miedo.
El miedo de un padre que se pregunta si alguien cree que él pudo haber lastimado a su hijo.
—No le hicimos nada —dijo de inmediato, con la voz quebrada—. Mamá, te juro que no le hicimos nada.
Me acerqué y tomé su mano.
—Lo sé.
Y lo decía de verdad.
Podía sentirlo.
Daniel era el niño que lloraba cuando veía un pájaro herido. Era el hombre que, cuando Megan estaba embarazada, leía cada noche libros sobre bebés aunque terminara dormido a mitad de página.
Megan apretó la manta de Noah contra su pecho.
—Ayer también lloró mucho —susurró—. Pensé que tenía gases. Pensé que era cólico. No quise exagerar.
—No hiciste nada mal —le dije.
Pero ella no dejó de llorar.
Las horas siguientes fueron las más largas de mi vida.
Los médicos hicieron análisis, una ecografía y más pruebas. Nos hicieron preguntas sobre el embarazo, la alimentación, los medicamentos y cualquier golpe accidental.
Megan respondió a todo con una voz casi inaudible.
Daniel caminaba de un lado a otro por el pasillo.
Yo me quedé sentada, mirando la puerta de la habitación de Noah, pensando en todos los momentos que había dado por sentados.
El sonido de un bebé riendo.
Un biberón caliente.
Una manta sobre el sofá.
Nunca imaginé que algo tan pequeño pudiera cambiar una familia entera en una sola tarde.
Finalmente, el médico volvió.
Se llamaba doctor Reyes.
Se sentó frente a nosotros y respiró hondo.
—Hemos encontrado la causa.
Megan se agarró al brazo de Daniel.
—¿Qué tiene?
—Noah tiene un trastorno de coagulación poco común. Su sangre no está coagulando como debería. La marca que vieron no fue causada por una presión externa. Es un sangrado bajo la piel.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Se va a poner bien? —pregunté.
El doctor Reyes asintió.
—Lo trajeron a tiempo. Eso es lo importante. Vamos a iniciar el tratamiento hoy mismo y a hacer más estudios para determinar exactamente qué tipo de trastorno tiene.
Daniel se dejó caer en una silla.
Megan cubrió su rostro con las manos.