PARTE 2
Esa noche, después de que todos se durmieron, busqué en internet el nombre de Agustín Wickham.
Lo que encontré me heló la sangre.
Agustín Wickham era un hombre de sesenta y dos años. Retirado. Vivía en Phoenix, Arizona. La misma ciudad donde Rachel iba “a visitar a sus amigas” dos veces al mes.
Pero eso no era lo peor.
En las redes sociales encontré fotos.
Fotos de Agustín.
Y fotos de Rachel.
Juntos.
En la playa.
En restaurantes.
En un crucero.
Rachel tenía un amante.
Y ese amante vivía en Phoenix.
Saqué más información.
Agustín Wickham había estado casado. Su esposa había muerto hacía tres años. De cáncer.
De un cáncer que, según los registros públicos, había sido “de origen desconocido.”
Sentí que el aire me faltaba.
Llamé a Charlene otra vez.
—Charlene, necesito que me ayudes con algo más.
—¿Qué pasa, Madison?
—¿Es posible que alguien haya envenenado lentamente a otra persona durante años? ¿Hasta matarla?
Hubo un silencio.
—Madison… ¿qué estás insinuando?
—La esposa de Agustín Wickham murió de cáncer hace tres años. Rachel viajaba a Phoenix cada mes para “visitar amigas.” ¿Crees que sea coincidencia?
Charlene respiró hondo.
—Madison, si lo que estás diciendo es cierto… tu suegra no solo te está envenenando a ti. Ella ya mató a alguien antes.
PARTE 3
No dormí esa noche.
A la mañana siguiente, revisé la cámara oculta.
Lo que vi me dejó sin palabras.
Rachel entró a la cocina a las 5:30, como siempre.
Preparó mi té.
Añadió el polvo blanco.
Pero esta vez…
Esta vez habló sola.
O mejor dicho, habló por teléfono.
Sacó su celular y marcó un número.
—Sí, amor. Ya le preparé el té. Otra cucharada completa.
Silencio.
Escuché la voz de Agustín al otro lado.
—Lo sé, lo sé. Pero el médico dice que sus enzimas hepáticas ya están altísimas. En tres meses más, va a ser demasiado tarde.
Otro silencio.
—No te preocupes. El seguro de vida es de un millón de dólares. Cuando ella muera, todo será nuestro. La casa, el dinero, todo.
Rachel se rio.
—Sí, amor. Nos vamos a Phoenix. Vamos a vivir como reyes.
Colgó.
Y siguió revolviendo el té.
Con una calma absoluta.
Con una sonrisa en los labios.
Me tapé la boca para no gritar.
Me estaba matando.
Para quedarse con el seguro de vida.
Para irse con su amante.
PARTE 4
Llamé a Charlene otra vez.
—Charlene, tengo un video. Tengo pruebas. Tengo el nombre de su amante.
—Madison, necesitas ir a la policía. Ahora.
—No todavía. Necesito más. Necesito asegurarme de que Rachel no pueda negarlo.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a seguir el juego. Un poco más.
—Madison, eso es peligroso.
—Lo sé. Pero si la confronto ahora, va a destruir las pruebas. Va a decir que todo es un malentendido. Y yo necesito que caiga. Con todo el peso de la ley.
Charlene suspiró.
—Está bien. Pero tienes que dejar de beber el té. Inmediatamente.
—Ya lo hice.
—Bien. Y necesito que me mandes el video. Y la muestra del polvo. Voy a analizarlo en el laboratorio del hospital.
—Hecho.
Colgué.
Y empecé a planear.
Porque Rachel no solo me estaba envenenando.
Me estaba matando.
Lentamente.
Metódicamente.
Como había matado a la esposa de Agustín.
PARTE 5
Esa tarde, llamé a un abogado.
Un especialista en casos criminales.
Le conté todo.
El té.
El polvo.
El video.
Agustín.
La esposa muerta.
El seguro de vida.
El abogado, llamado David Cohen, me escuchó en silencio.
Cuando terminé, dijo:
—Señora, lo que usted describe es intento de homicidio con premeditación. Y posiblemente homicidio consumado de otra persona. Esto es un caso federal.
—¿Qué necesito hacer?