La investigación reveló algo extraño.
El casillero había estado vacío desde el despido.
Cualquier empleado podía entrar.
Pero todavía faltaban pruebas.
Esa misma noche Elena recibió un mensaje anónimo.
“Si quiere que Daniela no termine acusada de robo, venga sola al estacionamiento subterráneo.”
Elena decidió ir.
Daniela se enteró y se negó a dejarla sola.
En el estacionamiento aparecieron Regina y Octavio.
—Vas a decirle a la policía que te confundiste —ordenó Regina a Elena—. Dirás que Daniela reaccionó sin motivo.
—Nunca.
—Entonces quizá esa pulsera termine enviándola a prisión.
Daniela dio un paso al frente.
—Tú la pusiste allí.
Octavio evitó mirarla.
Regina sonrió.
—Demuestra eso.
Luego intentó tomar a Elena del brazo.
Daniela volvió a detenerla.
—No la toques.
—¿Crees que tus músculos pueden salvar a todos?
—No.
Daniela se colocó entre ambas.
—Pero alcanzan para impedir que vuelvas a pegarle.
Octavio murmuró:
—Regina, vámonos.
—¡Cállate! Dijiste que sólo necesitábamos asustarlas.
Silencio.
Daniela levantó la vista.
Sobre ellos parpadeaba una pequeña cámara roja.
Regina la vio también.
Su rostro cambió.
Aquella cámara sí funcionaba.
Y había grabado su amenaza.
Pero el golpe definitivo llegó 2 días después.
Regina convocó a periodistas en Plaza Cobalto para “limpiar públicamente su nombre”.
Daniela apareció sola.
—¡Ahí está! —gritó alguien.
Regina tomó un micrófono.
—Perdiste tu empleo. Todo México vio lo que hiciste.
—Vieron un video cortado.
—No existe otro.
Octavio tomó el micrófono.
—La cámara estaba dañada.
Daniela lo miró.
—Estás mintiendo.
Los guardias comenzaron a acercarse.
Entonces las puertas principales se abrieron.
Entraron varios abogados y directivos.