—Perfecto. Porque no estoy a la venta.
Elena sonrió disimuladamente.
Santiago también estuvo a punto de hacerlo.
Al día siguiente, Daniela fue suspendida.
48 horas más tarde apareció en redes un video recortado.
Sólo mostraba a Daniela sujetando a Regina.
No aparecía la primera bofetada.
El texto decía:
“ENTRENADORA VIOLENTA ATACA A JOVEN EN CENTRO COMERCIAL.”
Miles de personas compartieron el video.
El gimnasio comenzó a recibir amenazas de cancelación.
Marcos llamó a Daniela esa misma noche.
—Tengo que despedirte.
—Dime algo antes.
—¿Qué?
—¿Crees que ataqué a Regina?
Silencio.
—El video se ve mal.
—No te pregunté cómo se ve.
Marcos no respondió.
Daniela colgó.
Lo había perdido todo por impedir una bofetada.
Y todavía no sabía que el hombre de camisa azul que había conocido en una pequeña clínica no era un ejecutivo cualquiera.
Era Santiago Valdés.
Presidente de Grupo Valdés.
Uno de los hombres más ricos de México.
Y, entre otras propiedades, su familia era dueña del edificio donde funcionaba Plaza Cobalto.
PARTE 2
Santiago no le contó inmediatamente quién era.
Eso enfurecería después a Daniela.
Pero aquella semana él sólo quería encontrar la grabación completa.
Su madre insistió en invitar a Daniela a cenar.
—No necesito agradecimientos.
—Yo sí necesito cocinarle a alguien que me cargó como si pesara 20 kilos —respondió Elena.
Daniela terminó aceptando.
La casa a la que llegó no parecía una mansión, pero cada detalle gritaba dinero.
—Pensé que eran una familia normal —comentó.
Santiago casi se atragantó.
—Somos normales.
Elena soltó una carcajada.
—Mi hijo posee edificios en varios países y todavía cree que es “normal”.
Daniela clavó los ojos en Santiago.
—¿Qué?
El silencio se volvió incómodo.
—Dirijo Grupo Valdés.
Daniela reconoció inmediatamente el nombre.
—¿Grupo Valdés?
—Sí.
—¿El de hoteles, centros comerciales y desarrollos?
—Sí.
Daniela dejó el tenedor.
—¿Y pensabas decirme cuándo?
—No quería que me trataras diferente.
—Entonces decidiste tratarme tú como una tonta.
—No fue así.
—Tú sabías quién eras. Yo no. Eso no es igualdad.
Se levantó.
—Daniela…
—Tu madre necesitaba ayuda. La ayudé. No porque fuera la madre de un multimillonario.
Se fue.
Santiago comprendió demasiado tarde lo que Elena ya le había advertido:
una verdad escondida puede sentirse exactamente como una mentira.
Mientras tanto, Regina y Octavio estaban desesperados.
Había existido una grabación del centro comercial.
Mostraba todo.
El bolso cayendo.
Elena recogiéndolo.
Regina arrebatándoselo.
La bofetada.
Y a Daniela deteniendo la segunda.
Octavio había descubierto el video.
Regina le ordenó borrarlo.
—Esto podría costarme el trabajo.
—Mi padre puede hacer que pierdas mucho más.
Octavio cedió.
Después difundieron sólo el fragmento favorable a Regina.
Pero una empleada de una tienda cercana, Sofía Herrera, había visto todo.
Cuando una investigadora contratada por Santiago habló con ella, Sofía estaba aterrada.
—Si hablo, me despiden.
—Daniela ya perdió su trabajo por hacer lo correcto.
Esa frase la persiguió toda la noche.
Finalmente aceptó declarar.
Regina reaccionó con algo todavía peor.
Días después apareció una pulsera de diamantes en el antiguo casillero de Daniela dentro del gimnasio.
Octavio llamó a la policía.
—Es de Regina Alcázar —aseguró.
Daniela soltó una risa amarga.
—Claro que sí.
Santiago llegó con una abogada.
—Yo no pedí que pagaras un abogado.
—No estoy pagando un premio. Estoy evitando que entres sola en una trampa.
—No quiero que controles mi vida.
—Entonces tú darás todas las instrucciones. Ella trabaja para ti.
Daniela aceptó.