Y detrás de ellas, un hombre que reconocí inmediatamente por los retratos que había visto en la casa de mi infancia.
El padre de Don Alejandro.
—Mi padre se enamoró de tu abuela —dijo—. Pero ella jamás quiso abandonar a su familia.
Mi respiración se cortó.
—Entonces… ¿por qué nunca lo supe?
Don Alejandro bajó la voz.
—Porque después ocurrió algo terrible.
Sacó un documento doblado.
—Tu abuela tenía una pequeña propiedad y una receta familiar que mi padre quería convertir en un negocio.
Me entregó el papel.
Era un contrato.
Mi abuela había vendido los derechos de su receta por una cantidad ridícula de dinero.
Pero había una cláusula.
Una cláusula que decía que sus descendientes conservarían un porcentaje de las ganancias.
Don Alejandro me miró.
—Durante décadas, una empresa de mi familia ha vendido productos elaborados con esa receta.
Me quedé paralizada.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tu familia debería haber recibido dinero durante todos estos años.
Miré a Mateo.
Él estaba pálido.
Pero no parecía sorprendido.
Entonces entendí.
—¿Tú lo sabías?
Mateo no respondió.
—Mateo… ¿tú sabías?
Don Alejandro giró hacia él.
—¿Qué sabía?
Mateo retrocedió.
Yo sentí un frío terrible.
—Respóndeme.
Finalmente bajó la cabeza.
—Encontré los documentos hace dos años.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—¿Y nunca me dijiste?
—Quería protegerte.
Don Alejandro golpeó la mesa.
—¡No! Querías protegerte tú.
Todos quedaron en silencio.
El empresario explicó que Mateo había intentado comprar los derechos de la receta utilizando una empresa intermediaria, sin decirme que pertenecían a mi familia.
Pero había cometido un error.