—Conocí a tu madre.
Sentí que el corazón se me detenía.
Mi madre había muerto cuando yo tenía dieciséis años. Siempre me dijo que había trabajado como cocinera antes de mudarse a la ciudad.
Pero nunca me contó que conocía a un hombre como Alejandro Torres.
—¿De dónde la conoce?
Don Alejandro respiró profundamente.
—Porque hace treinta años, tu madre cocinó para mi familia.
Mateo intentó intervenir.
—Don Alejandro, creo que esto puede hablarse después…
El empresario lo fulminó con la mirada.
—No. Esto tiene que hablarse ahora.
Luego volvió hacia mí.
—Ese mole que preparaste no es una receta cualquiera.
Señaló la olla.
—Es la receta que preparaba tu abuela para mi padre.
Me quedé sin palabras.
Don Alejandro pidió que todos entraran al comedor.
La cena había dejado de ser una reunión de negocios.
Ahora todos querían saber qué estaba ocurriendo.
El empresario tomó una fotografía de su cartera.
Era antigua, amarillenta.
En ella aparecía una joven.
Mi madre.
A su lado estaba una mujer mayor.
Mi abuela.