—No… tú no eres Mariana Rivas.
Una lágrima cayó sobre su mejilla.
—Tú eres Isabela Santillán. Mi hermana menor.
La jefa de enfermeras se llevó una mano a la boca.
Gabriel respiró con dificultad, como si el aire ya no le alcanzara.
—Mi hermana fue secuestrada hace quince años —dijo con voz temblorosa—. La buscamos por todo México. Mis padres murieron sin saber qué le había pasado. Y ahora… ahora la encuentro aquí… en mi propio hospital… a punto de ser abierta para quitarle un riñón.
De pronto, su dolor se convirtió en una furia devastadora.
Gabriel se enderezó.
—¡Detengan la cirugía! —rugió.
Todos saltaron del susto.
—Doctor, la receptora está preparada en la otra sala —dijo el anestesiólogo—. La señorita Valeria Montenegro espera el órgano…
Gabriel lo miró con una frialdad aterradora.
—No me importa Valeria Montenegro.
Luego señaló mi cuerpo.
—Nadie toca a esta paciente. Nadie la corta. Nadie vuelve a acercarse a ella sin mi autorización. ¿Quedó claro?
—Sí, doctor…
—Cierren este quirófano. Activen seguridad. Quiero cámaras, documentos, expedientes, consentimientos y nombres. Ahora.
La enfermera asintió de inmediato.
Gabriel se inclinó hacia mí y me habló al oído.
—Perdóname, hermanita. Llegué tarde… pero ya no estás sola.
Y aunque mis ojos se cerraban por la anestesia, por primera vez en muchos años sentí algo parecido a esperanza.
La explosión en el pasillo
Gabriel salió del quirófano como un hombre distinto.
Ya no era solo un médico.
Era un hermano que acababa de encontrar a la niña que le habían arrebatado.
En la sala de espera, Doña Eugenia y Don Ricardo tomaban café tranquilamente. Doña Eugenia incluso sonreía, revisando mensajes en su celular.
Cuando vio salir a Gabriel, se levantó de inmediato.