Entró el doctor Gabriel Santillán con bata quirúrgica, guantes y cubrebocas. Su presencia cambió el ambiente de inmediato. Los médicos se enderezaron. Las enfermeras guardaron silencio.
—Preparar zona de incisión —ordenó con voz firme.
Una enfermera descubrió parte de mi espalda y mi hombro derecho para limpiar la piel antes de la cirugía.
La enorme lámpara blanca cayó sobre mí.
Y entonces ocurrió.
El doctor Gabriel se quedó inmóvil.
Sus ojos se clavaron en mi hombro derecho.
Ahí, sobre mi piel, estaba una vieja cicatriz curva junto a una marca de nacimiento muy peculiar: una media luna con un pequeño punto parecido a una estrella.
Durante unos segundos nadie habló.
Luego, el bisturí que Gabriel sostenía cayó al piso.
—Clang…
El sonido metálico estremeció a todos.
El eco de la verdad
—¿Doctor? —preguntó la jefa de enfermeras, confundida—. ¿Hay algún problema?
Gabriel no respondió de inmediato. Sus ojos se abrieron con horror. Sus manos, famosas por ser firmes como acero, comenzaron a temblar.
Se quitó el cubrebocas lentamente y se acercó a mi rostro. Me observó como si acabara de ver a alguien que había enterrado en su memoria durante años.
—No puede ser… —murmuró con la voz rota—. Esa cicatriz…
La enfermera lo miró preocupada.
—Doctor Santillán…
Él tragó saliva. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo le hice esa cicatriz cuando éramos niños… jugando en el jardín de la casa…
El quirófano quedó en silencio absoluto.
Yo apenas podía mover los labios por la anestesia. Escuchaba su voz como si viniera desde el fondo de un túnel.
Gabriel tomó mi mano con una delicadeza que jamás nadie había tenido conmigo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Mariana… —susurré débilmente—. Mariana Rivas…
Su rostro se quebró.