“Hola”, dije. “Espero que sepas que estoy orgullosa de ti. No te has limitado a ver a alguien sufrir: has hecho algo”.
Sam se encogió de hombros, pero sonrió. “Tú habrías hecho lo mismo, mamá”.
Me di cuenta de que cada sacrificio, cada elección difícil, la habían convertido en alguien a quien admiraba.
***
Al día siguiente, Sam y Lizie entraron por la puerta riendo.
“Mamá, ¿qué hay para cenar?”, preguntó Sam.
“Arroz y lo que pueda estirar”.
Esta vez, puse cuatro platos sin pensar.