El patrón exigió saber quién la había golpeado, sin imaginar que la respuesta destruiría a su propia familia

cieron el amago de sacar sus armas, pero en menos de 1 segundo, 4 rifles de los caporales de Santiago aparecieron desde la oscuridad del balcón, apuntándoles directamente a la cabeza. Elías, viendo que estaba en desventaja, escupió en el suelo de piedra.
—Esto es 1 guerra, Barragán. Te voy a destruir, y a ella me la voy a llevar arrastrando.

Los días siguientes fueron un infierno. La familia Treviño usó todo su poder. Cortaron el suministro de agua del canal que regaba los cultivos de agave de Santiago. Los comerciantes del pueblo se negaron a venderle semillas a los hombres de la hacienda. Doña Carmen lloraba en la cocina al ver cómo el orgullo de la familia Barragán estaba siendo pisoteado por proteger a 1 sola mujer.

La culpa comenzó a carcomer a Clara. No podía permitir que Santiago perdiera el patrimonio de sus hijos por ella. A las 2 de la mañana del domingo, empacó sus 3 vestidos gastados en 1 maleta vieja y caminó de puntillas hacia la puerta trasera. Quería desaparecer. Pero al salir al patio, 1 sombra inmensa se cruzó en su camino.

Era Santiago.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó él, con los ojos clavados en su maleta.
—Le estoy arruinando la vida, patrón. Su familia política lo va a dejar en la quiebra. Si me entrego, lo dejarán en paz.
Santiago se acercó, le arrebató la maleta de las manos y la tiró al suelo.
—Nadie te va a entregar. No me importa el agua, no me importan los Treviño. Tú trajiste la luz a esta casa, Clara. Desde que Elena murió, mis hijos no sonreían, y yo había olvidado lo que era sentirse vivo. No te vas a ir.

El corazón de Clara latió con 1 fuerza descontrolada al escuchar esa confesión, pero sabía que el rencor de los Treviño no se detendría con palabras bonitas. Tenía que hacer algo.

A la mañana siguiente, Clara pidió un caballo y la escolta de 2 caporales para bajar al pueblo. No iba a huir. Fue directamente a la vieja notaría del pueblo, donde ella había trabajado como archivista durante 1 año antes de ser maestra. Conocía los registros. Sabía que los Treviño escondían demasiados secretos bajo la alfombra.

Pasó 4 horas buscando entre carpetas polvorientas hasta que encontró lo que buscaba. 1 documento. 1 peritaje médico y mecánico que había sido silenciado con sobornos.

Al salir de la notaría, Elías ya la estaba esperando en la plaza principal, rodeado de sus hombres y del comandante de la policía local. La gente del pueblo se apartó, temerosa.
—Te lo dije, maldita perra. Al final, regresas a mí —sonrió Elías, acercándose para agarrarla del brazo.
Pero antes de que pudiera tocarla, el sonido de 1 motor potente rompió la calma. La camioneta de Santiago frenó en seco frente a la plaza. Santiago bajó con el rostro desencajado por la furia, listo para matar a Elías a golpes si era necesario.

—¡Espera, Santiago! —gritó Clara, interponiéndose entre ambos con el documento en la mano, levantándolo para que todos los curiosos de la plaza la escucharan—. ¡No dejes que te hable de deudas ni de la memoria de su hermana!

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