Levantó la mano temblorosa para tocar la pesada puerta de roble, pero esta se abrió de golpe antes de que sus nudillos rozaran la madera.
Santiago Barragán llenó el marco de la entrada. Era el patrón, un hombre alto, de hombros anchos y rostro curtido por el sol de sus 35 años de trabajo en el campo. Tenía esa autoridad natural de los hombres que nacen para mandar, pero que nunca levantan la voz sin un motivo de peso. Llevaba su camisa de algodón arremangada y el ceño ligeramente fruncido. Sus ojos oscuros, afilados como el acero, se clavaron directamente en el rostro de Clara.
Ella intentó girar la cabeza, pero fue 1 segundo demasiado tarde.
La mandíbula de Santiago se tensó hasta que los músculos saltaron bajo su piel.
—Mírame, Clara.
No fue un grito, sino 1 orden tan profunda que a la joven le vibró en los huesos. Clara levantó el mentón lentamente. El ardor de la humillación amenazaba con hacerla estallar en lágrimas.
—¿Quién te hizo eso? —preguntó él, con 1 calma gélida que resultaba más aterradora que la furia.
Clara buscó en su mente la mentira que había repetido durante 1 hora en el camino.
—Fue 1 accidente, patrón. Me caí en los escalones del mercado y…
Las botas de cuero de Santiago dieron 1 paso al frente, golpeando la piedra del portal.
—Eso no es 1 golpe de piedra. Son marcas de dedos humanos. Alguien te agarró la cara para lastimarte. Dímelo.
El aire pareció escaparse de los pulmones de la maestra.
—Fue Elías… Elías Treviño —susurró, con la voz quebrada—. Terminé la relación hace 3 meses, pero desde hace 2 semanas empezó a ponerse agresivo. Me esperó a la salida del pueblo.
—¿Fuiste con la policía?
Clara negó lentamente.
—Elías tiene el apellido, el dinero de las tierras del sur y a los comandantes en su bolsillo. Dicen que nadie le va a creer a 1 simple maestra antes que a un Treviño.