PARTE 1
El moretón en el pómulo de Clara no era una simple mancha que pudiera borrarse con agua o esconderse bajo el ala ancha de su sombrero de paja. Era oscuro, inflamado, con la forma exacta de 4 dedos hundidos sin piedad en su piel. Había caminado 8 kilómetros bajo el sol abrasador de Jalisco, cruzando los campos de agave que rodeaban la imponente Hacienda Los Agaves, con la mirada clavada en el suelo arenoso. Solo quería llegar a su trabajo, dar sus clases de lectura a los niños, agachar la cabeza y fingir que el dolor no le partía el alma. Necesitaba los billetes de ese sueldo para sobrevivir. Pero, sobre todo, necesitaba paz, un lujo que se le había escapado de las manos hace exactamente 3 meses.