El patrón exigió saber quién la había golpeado, sin imaginar que la respuesta destruiría a su propia familia

En la mirada de Santiago se encendió 1 fuego peligroso, pero antes de que pudiera pronunciar 1 palabra, 2 niños de 8 años, Mateo y Sofía, aparecieron corriendo por el pasillo de la casa con sus cuadernos. Al ver el rostro de Clara, Sofía se detuvo en seco, asustada. Santiago se interpuso rápidamente, cubriendo a la joven con su espalda ancha.
—La maestra tuvo 1 pequeño tropiezo, hijos, pero está bien. Vayan al patio de estudios, ahora la alcanzan.

Esa tarde, Santiago mandó a 2 de sus caporales más rudos a vigilar los límites de la propiedad. La instrucción fue clara: Clara no saldría de la hacienda sin escolta. Durante 2 días, la tensión flotó en el aire, pero la hacienda parecía un fuerte impenetrable.

Hasta la noche del jueves.

Eran casi las 10 cuando los perros empezaron a ladrar con furia. Clara estaba en la cocina ayudando a doña Carmen a guardar la cena, cuando la puerta principal retumbó bajo golpes violentos.
—¡Abran la puerta! ¡Sé que la tienen aquí escondida! —rugió 1 voz pastosa, ahogada en alcohol y rabia.
Era Elías.

Clara corrió hacia el recibidor, sintiendo que las piernas le fallaban. Santiago ya estaba allí, abriendo la puerta de par en par. Elías Treviño estaba en el porche, rodeado de 3 de sus matones, con los ojos inyectados en sangre.
—Vengo por mi mujer —escupió Elías, tambaleándose—. Y tú me la vas a entregar, Barragán.
—Ella no es tuya. Lárgate de mis tierras antes de que te saque a rastras —respondió Santiago, sin retroceder ni 1 centímetro.

Elías soltó 1 carcajada amarga y dio 1 paso hacia adelante, mirando a Santiago con un odio visceral.
—Tú no me puedes negar nada a mí, Santiago. No después de lo que me debes. ¿O ya se te olvidó quién soy? ¡Vas a entregarme a Clara, o le diré a todo el pueblo la verdad sobre tu difunta esposa!

El rostro de Santiago palideció de golpe, y Clara sintió que el corazón se le detenía. Era imposible creer lo que estaba a punto de suceder…

PARTE 2

El silencio que cayó sobre el recibidor fue tan pesado que parecía aplastar a los presentes. Clara se aferró al barandal de la escalera, incapaz de apartar la vista de los 2 hombres que se enfrentaban en la puerta.

—No te atrevas a mencionar a Elena en esta casa —siseó Santiago, con 1 tono de voz que Clara nunca le había escuchado. Era el sonido de 1 amenaza letal.
—¡Es mi hermana! —gritó Elías, golpeándose el pecho—. ¡Mi sangre! Y murió por tu culpa hace 5 años. Mi padre te cedió estas tierras por respeto a su memoria, pero sigues siendo un deudor de los Treviño. ¡Me llevo a Clara, es mi derecho!

Clara sintió que el mundo daba vueltas. Elías Treviño no era solo un hombre poderoso del pueblo; era el cuñado de Santiago. Era el hermano de la mujer que Santiago había amado y perdido en un trágico accidente de carreta 5 años atrás.

Santiago cerró los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Elena fue mi esposa, y la lloré como nadie. Pero tú eres solo 1 cobarde que golpea mujeres. Fuera de mi propiedad.
Los 3 matones de Elías hi

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