Yo no sentía alegría por su desgracia.
Tampoco tristeza.
Simplemente había dejado de ser parte de mi vida.
Hasta que una tarde apareció en la entrada de mi taller.
Llevaba un traje viejo y una expresión cansada.
La recepcionista me avisó que un hombre llamado Ricardo Salazar quería verme.
Acepté recibirlo.
Entró lentamente.
Sus ojos recorrieron el taller, las máquinas, los diseños y las fotografías de las mujeres que trabajaban conmigo.
—Así que lo conseguiste —dijo.
—¿Qué cosa?
—Todo esto.
—Lo construimos entre varias personas.
Se sentó sin que yo lo invitara.
—Mariana, quiero pedirte disculpas.
Lo observé.
Durante años había imaginado que algún día se disculparía.
Pero cuando llegó el momento, descubrí que no necesitaba aquellas palabras para seguir adelante.
—Te escucho.
—Sé que hice cosas terribles. Estaba obsesionado con ascender. Quería demostrar que podía llegar a ser alguien importante.