—¡Niños, les dije que no se alejaran!
Aquella voz atravesó la puerta del baño y me golpeó directamente en el pecho.
Isabella.
Isabella Bennett.
Durante seis años había intentado olvidarla.
Había cambiado de apartamento, de automóvil, de restaurantes favoritos.
Incluso había dejado de escuchar la música que solíamos poner mientras cocinábamos juntos.
Pero nunca había conseguido borrar su voz.
Uno de los niños abrió la puerta.
—¡Mamá, encontramos a un señor que se parece a nosotros!
Escuché una risa suave.
—Oliver, cariño, no molestes a los desconocidos.
Salí lentamente.
Y allí estaba.
Isabella llevaba un vestido verde oscuro y el cabello recogido de manera descuidada.
Tenía pequeñas arrugas alrededor de los ojos que antes no estaban allí.
Parecía cansada.
Más madura.
Pero seguía siendo la mujer más hermosa que había visto en mi vida.