Leo caminó conmigo hasta Sebastián.
Cuando llegamos frente a él, mi hijo levantó la cabeza.
—¿Ahora sí puedo decirte papá oficialmente?
Sebastián se agachó.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Puedes llamarme así desde hace mucho.
Años después, mientras veía a Sebastián correr por el jardín detrás de Leo y de nuestra hija Luna, pensé en aquella mañana en Polanco.
Durante mucho tiempo creí que mi vida había terminado sobre aquella camilla.
No fue así.
Lo que terminó allí fue la mujer que necesitaba hacerse pequeña para sentirse amada.
Julián creyó que había encontrado a una huérfana sin familia, sin poder y sin salida.
Ximena creyó que yo era simplemente una puerta hacia el imperio de los Montemayor.
Ambos se equivocaron por la misma razón.
Nunca se molestaron en conocerme.
Yo había escondido mi apellido para descubrir quién podía quererme sin él.