tenía vello visible en el rostro y las cejas unidas, pero me negaba a cambiar mi apariencia. Todo el salón estalló en carcajadas cuando mi esposo mostró fotografías ampliadas de mi rostro en una pantalla gigante y gritó: «¡MIREN A ESTE MONSTRUO! ¡ME AVERGÜENZA QUE SEA MI ESPOSA!». Pero tres meses después, cuando me vio en televisión, cayó de rodillas, suplicándome que no revelara su terrible secreto…

La continuación de la historia: El secreto que destruyó a Daniel

—Emily, por favor, dime que esto no está pasando. ¡Dime que no van a revelarlo todo! —gritó Daniel al teléfono.

Por primera vez en nuestro matrimonio, escuché miedo en su voz.

No era el miedo de perderme. Era el miedo de perder algo mucho más importante para él: su reputación.

Me senté frente a la ventana de mi pequeño apartamento y observé la lluvia caer sobre la calle.

—¿Por qué tienes tanto miedo, Daniel? —pregunté tranquilamente—. ¿No eras tú quien quería que todo el mundo me mirara?

Al otro lado de la línea reinó el silencio.

—Emily, escúchame. Podemos arreglarlo. Te extraño. Podemos volver a empezar.

Solté una risa amarga.

—¿Volver a empezar? ¿Como cuando les dijiste a tus compañeros que yo era la mujer que limpiaba tu casa? ¿O como cuando proyectaste mi rostro en una pantalla gigante para que todos se burlaran de mí?

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