Parte 1
La primera vez que entendí que mi esposo quería destruirme, yo estaba acostada en una camilla de acero, con las muñecas sujetas y nuestro hijo de tres meses creciendo dentro de mí.
Aquella mañana, Julián Varela me había llevado a una clínica privada de Polanco. Durante el trayecto sostuvo mi mano y habló de nombres para el bebé, de una habitación color marfil y de la cuna italiana que quería mandar traer antes de Navidad.
—No tengas miedo, Renata —me dijo antes de besarme la frente—. El doctor Salgado es el mejor. Solo harán unos estudios y estaremos en casa para cenar.
Durante cuatro años de matrimonio, Julián había sido así conmigo. Atento. Protector. Generoso hasta el exceso.
Al menos eso creía.
Él salió del quirófano diciendo que iba por café. La puerta quedó mal cerrada y, desde la camilla, escuché su voz al otro lado.