Sebastián se acercó.
—Perdóname, Renata.
—Estás muerto.
—Eso necesitábamos que todos creyeran.
Me explicó la verdad.
Julián había sido reclutado años atrás por una organización internacional dedicada al tráfico de tecnología militar.
Su matrimonio conmigo no había sido casualidad.
Y Ximena no era simplemente su amante.
Era su supervisora.
Yo era el objetivo.
Sebastián llevaba años siguiendo la operación desde dentro.
Sentí náuseas.
—¿Entonces todo mi matrimonio fue una misión?
—Sí.
—¿Y tú lo sabías?
Sebastián bajó la mirada.
—Sabía una parte.
No tuve tiempo de responder.
El teléfono de Ramiro vibró.
Apareció un video.
Julián estaba dentro de una vieja bodega industrial.
A su lado, atada a una silla, estaba Marta, la mujer que había trabajado en nuestra casa y que durante años había sido la única persona que me trató con verdadera ternura.