Mi hija de 9 años me llamó desde el hospital y susurró: —Papá… mamá me vio mientras mis tíos me golpeaban. Luego cerró la cortina. Cuando llegué, la familia de mi exesposa ya había dicho a la policía que todo había sido un accidente. No discutí. Esa misma noche recibí un video de un número desconocido. Debajo había un mensaje de una niña de 16 años: —Tu hija no fue la primera.

—Entonces, ¿cómo lo conservaste?

—Mis fotos se respaldan automáticamente en otra cuenta.

El investigador abrió la carpeta.

—Dijiste que Valeria no había sido la primera.

Renata bajó la mirada.

—Hace 3 años pasó algo parecido.

La habitación quedó en silencio.

—¿Con quién?

—Un muchacho llamado Emiliano Rivas.

Conocía el apellido.

Su padre había trabajado como mecánico para una empresa de transporte de Arturo Alcázar.

—¿Qué le hicieron?

Renata comenzó a llorar.

—Lo golpearon en el mismo garaje.

—¿Dónde está Emiliano ahora?

Ella levantó los ojos.

—Desapareció.

Aquella palabra cambió todo.

Lo que había comenzado como una investigación por la agresión contra mi hija se convirtió en algo mucho más grande.

La Fiscalía revisó el informe original de Valeria.

Encontraron 2 versiones.

La primera describía lesiones compatibles con golpes producidos por un objeto contundente.

La segunda, registrada 3 horas después utilizando las credenciales de un mando policial, hablaba de una caída accidental.

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