PARTE 2: LA CONFESIÓN QUE LO CONDENÓ

—Sí —respondí, con una voz que apenas reconocí como mía—. Escriba cada palabra.

La doctora Martínez asintió lentamente.

—Entonces vamos a asegurarnos de que nadie pueda obligarla a retractarse.

Afuera, Daniel seguía golpeando la puerta.

—¡Rachel! ¡Abre ahora mismo! ¡Soy tu marido!

La enfermera llamó discretamente a seguridad mientras la doctora se acercaba a mi cama.

—Rachel, necesito preguntarle algo. ¿Su esposo sabía que esperaba una niña?

Cerré los ojos.

Dos semanas antes, Daniel había encontrado el informe de la ecografía escondido entre mis documentos.

Recordé cómo había permanecido inmóvil frente al papel.

Después sonrió.

Una sonrisa que todavía me perseguía.

—Los médicos se equivocan —había dicho—. Mi familia siempre tiene varones.

Aquella noche comenzó a hablar de métodos extraños para cambiar el destino del embarazo.

Yo pensé que estaba desesperado.

Nunca imaginé que intentaría destruirlo.

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