Seguí a mi madre una mañana y la vi abrazando a mi exesposa en su puesto de fruta. «Todavía no le digas que vengo», le susurró. Llevábamos 2 años divorciados por unas fotos que parecían demostrar su infidelidad. No dije nada. Días después, encontré unas facturas que me hicieron mirar aquellas fotos de otra manera.

Vi a Yolanda salir de una de las bodegas del fondo. Estaba pálida.

“¿Estás bien?”

“Sí.”

“No pareces estarlo.”

Por primera vez no respondió con frialdad.

Me sostuvo la mirada.

“Hay algo que todavía no puedo contarte.”

Esperé.

2 años atrás la habría presionado.

Esta vez dije:

“Cuando puedas, te voy a escuchar.”

Ella asintió.

Lo que yo no sabía era que minutos antes Renato había estado en esa misma bodega.

Después supe que le había ofrecido pagarle 3 veces el valor de su puesto si firmaba en privado y dejaba de revisar ciertos documentos de la constructora.

Yolanda lo rechazó.

Un comerciante escuchó parte de la conversación y se lo contó a Genaro, el dueño del puesto de flores.

Aquella noche Yolanda revisó hoja por hoja los documentos que llevaba semanas guardando.

Facturas.

Transferencias.

Comprobantes.

Nombres de empresas.

Y uno de esos nombres aparecía también en unos papeles que ella había visto 2 años antes, pocos días antes de que Renato me entregara las fotografías del hotel.

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