Seguí a mi madre una mañana y la vi abrazando a mi exesposa en su puesto de fruta. «Todavía no le digas que vengo», le susurró. Llevábamos 2 años divorciados por unas fotos que parecían demostrar su infidelidad. No dije nada. Días después, encontré unas facturas que me hicieron mirar aquellas fotos de otra manera.

“Sabía que nunca te engañé. No conocía todos los detalles de Renato, pero me creyó cuando tú no pudiste hacerlo.”

Salí de la oficina con una sensación extraña. Renato había perdido la empresa, pero yo acababa de comprender que recuperar la verdad no significaba recuperar automáticamente lo que había destruido.

No podía aparecer ante Yolanda con una disculpa y esperar que 2 años desaparecieran.

Aun así, esa noche manejé hasta el mercado.

La mayoría de los puestos estaban cerrados.

Encontré a Yolanda bajando la lona de su negocio. Genaro la ayudaba. Mi madre estaba sentada a pocos metros con una bolsa de fruta sobre las piernas.

Yolanda me vio.

“¿Pasó algo más?”

“Sí.”

Se puso seria.

“¿Qué?”

“Falta lo más importante.”

Caminé hasta quedar frente a ella.

“Me equivoqué.”

Mi madre no dijo nada.

Genaro dejó de mover las cajas.

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