Mis manos temblaban mientras sostenía aquella carta.
Tres años.
Tres años creyendo que Cassandra había elegido irse.
Tres años pensando que había construido una nueva vida sin mí.
Pero ahí estaba la prueba.
Una carta que nunca llegó a mis manos.
Una verdad que alguien decidió esconder.
Miré hacia el asiento donde ella estaba.
Cassandra tenía la mirada fija en la ventana.
Como si supiera exactamente lo que acababa de descubrir.
Me levanté.
El corazón golpeaba mi pecho con una fuerza que no había sentido ni en los peores momentos de mi vida.
Caminé hacia ella.
—Cassie.
Su cuerpo se tensó al escuchar el apodo.
Los niños estaban dormidos.
Por primera vez en tres años estábamos frente a frente.
—¿Recibiste la carta? —preguntó.
No tuve que preguntar cuál.
La levanté ligeramente.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No.
Su expresión cambió.
Primero confusión.
Después dolor.
—¿Nunca?
Negué lentamente.
—Nunca supe que estabas embarazada.
Cassandra cerró los ojos.
Una lágrima bajó por su mejilla.
—Pensé que lo sabías.
La frase me destruyó.
Porque de repente entendí que ambos habíamos sufrido por una mentira.
—¿Por qué nunca volviste a buscarme?
Ella soltó una pequeña risa amarga.
—Lo hice.
Miró hacia los niños.
—Muchas veces.
Se acomodó el cabello detrás de la oreja.
—Después de la separación llamé a tu oficina. Me dijeron que ya no trabajabas allí.
Recordé ese momento.
Había cambiado de empresa después de una pelea con mis antiguos socios.
—Mandé correos.
—Nunca recibí ninguno.
—Envié una carta.
Apretó los labios.
—Una carta donde te decía que íbamos a tener hijos.
Miré el sello.
La fecha.
La recepción de mi antigua empresa.