Cuando alguien necesita que dudes constantemente de tus propios ojos para que su historia funcione, quizá el problema nunca fueron tus ojos.
Miré a Camila recibir los aplausos.
Ella me encontró entre el público y sonrió.
Entonces supe que no había ganado porque Julián estuviera encerrado.
Había ganado porque mi hija estaba viva.
Porque volvía a reír.
Porque podía subir a un escenario sin miedo.
Y porque aquella madre que durante meses había pedido permiso para confiar en su propio instinto ya no existía.
Nunca más volví a preguntarle a nadie si tenía derecho a proteger a mi hija.