Me arrodillé para quedar a su altura.
—¿Qué escuchaste, cariño?
Ethan tragó saliva.
—Dijeron que cuando te llevaran a la residencia, podrían vender la casa y quedarse con todo el dinero.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Pero mi nieto todavía no había terminado.
Se acercó y susurró:
—Abuela, también dijeron que el lunes van a venir a buscarte. Y que esta vez no podrás negarte.
Lo abracé con fuerza.
Porque acababa de comprender que los 61 000 dólares eran solamente el principio.
Capítulo 4: El lunes que intentaron quitarme mi libertad
No dormí aquella noche.
Después de que Ethan se quedó dormido en el sofá, llamé a una abogada llamada Patricia Reynolds. Había trabajado con mi esposo muchos años antes, cuando todavía dirigíamos nuestro pequeño negocio familiar.
Le expliqué todo: los 61 000 dólares desaparecidos, las grabaciones del banco, la firma falsificada, los documentos de compraventa y el poder notarial que había firmado sin comprender sus verdaderas consecuencias.