PARTE 1
—¿Dónde están mis treinta mil pesos? Hoy es diez. No me digas que vas a dejar a tu suegra sin dinero por culpa de tus caprichos.
La voz de Beatriz atravesó la sala antes de que Daniela pudiera siquiera quitarse los tacones. Afuera, el calor de julio caía sobre la Ciudad de México como una plancha encendida; adentro, el aire acondicionado trabajaba a máxima potencia, pagado, por supuesto, con la tarjeta de Daniela.
Beatriz estaba sentada frente a la mesa de cristal con un conjunto de seda nuevo y las uñas recién hechas. Todo en ella parecía pagado por alguien más. Y ese alguien era Daniela.
Durante casi cinco años, Daniela había depositado treinta mil pesos cada mes a su suegra “para sus gastos”. No incluía comida, luz, agua, internet ni medicamentos. Esos también los pagaba ella. Los treinta mil eran para salones de belleza, comidas con amigas, ropa, regalos para la hija de Beatriz y viajes que luego la mujer presumía como si salieran de su propia cartera.
Daniela trabajaba como directora de proyectos para una empresa internacional. Ganaba bien, pero no porque el dinero le cayera del cielo. Vivía entre juntas, aeropuertos, llamadas de madrugada y cierres imposibles. Al principio aceptó ayudar a la familia de su esposo porque creyó que así habría paz.
Se equivocó.
—Este mes tuve un problema de liquidez —dijo, dejando el bolso sobre una silla—. No voy a transferirte nada hoy. El próximo mes vemos cómo lo resolvemos.
Beatriz abrió los ojos como si acabara de escuchar una blasfemia.
—¿Cómo que no? Tú entraste a esta familia para respetar a los mayores. Yo soy la madre de Mauricio. Si tengo que pedirte dinero como limosna, ¿qué van a decir mis amigas?
—Que tus gastos personales no son una obligación mía.
El silencio duró apenas dos segundos.
Beatriz empezó a insultarla. Se burló de sus padres, dijo que Daniela se creía superior por ganar más que Mauricio y hasta le recordó que su hijo había sido “tan bueno” de casarse con una mujer de treinta y cuatro años que trabajaba demasiado.
Daniela no levantó la voz.
—El vestido que traes costó doce mil pesos. El viaje a Cancún del mes pasado también lo pagué yo. La membresía del spa de tu hija sale de mi tarjeta. No soy una mina sin fondo.
Beatriz se acercó temblando de furia.
—Eres una malagradecida.
Y la abofeteó.
El golpe fue tan fuerte que Daniela sintió un sabor metálico en la boca. Su labio se abrió. Durante años había tragado humillaciones para no “romper a la familia”. Pero aquella bofetada rompió algo distinto.
Daniela levantó la mirada.