Cuando abrí el viejo registro familiar que guardaba en casa, apareció un nombre que no esperaba ver. Miranda estaba a unos pasos de mí, con los brazos cruzados y el rostro cansado. Los cuatro niños, Mateo, Lucas, Marco y Leo, se habían acomodado en la sala de mi departamento. Ninguno sabía por qué su madre y yo nos mirábamos como dos desconocidos que compartían un pasado demasiado doloroso.
El nombre que acababa de encontrar pertenecía a alguien que conocía desde que era pequeño. Al principio pensé que se trataba de una coincidencia, de una anotación antigua sin importancia. Pero la fecha escrita junto al nombre coincidía con aquella reunión privada de mi madre, la misma que había aparecido al revisar los recuerdos de los últimos seis años.
Advertisement
Miranda se acercó a la mesa.
Image
—¿Qué encontraste?
No contesté de inmediato. Volví a mirar la página y después a los niños, que discutían en voz baja por una almohada del sofá. Me costaba aceptar que cuatro pequeños con mis mismos gestos hubieran crecido sin que yo supiera siquiera que existían.