Mientras tanto, Lourdes recordaba una visita de aquella misma mañana: una enfermera había entrado a mi despacho con un maletín rígido y una tableta electrónica.
Poco después yo había sufrido otro dolor intenso.
La empleada anotaba las visitas y los horarios en una libreta amarilla como parte de sus tareas domésticas.
Nunca había imaginado que aquellas páginas pudieran tener importancia fuera de su trabajo.
El primer médico independiente me explicó que un estimulador nervioso no podía leer pensamientos ni controlar la voluntad de una persona.
Tampoco podía atribuirse automáticamente a ese aparato toda mi pérdida de memoria.
Necesitábamos identificar el modelo, revisar su programación y estudiar mis medicamentos.
Acordamos una valoración neurológica.
Esa noche, mientras me preparaba para dormir, recibí un mensaje de Enrique.
Había comenzado a revisar documentos corporativos y encontró que ciertas reuniones importantes se habían celebrado durante mis episodios de dolor.