Otros utilizaron ese miedo, mis tratamientos y documentos sobre mi salud para reducir mi capacidad de intervenir en decisiones que me correspondían.
El dispositivo nunca había controlado mis pensamientos.
La verdadera manipulación había ocurrido mediante personas que hablaban por mí mientras aseguraban estar protegiéndome.
Al acercarme a la ventana sentí una punzada leve en la nuca.
Esta vez no la oculté ni permití que alguien decidiera lo que significaba.
Anoté el síntoma, llamé a mi médico y acordé cómo proceder.
No había recuperado todos mis recuerdos, ni podía deshacer mis propios errores.
Pero había aprendido algo que antes parecía imposible.
Podía necesitar ayuda sin entregar a nadie el derecho a dirigir mi vida.