

Año 1995. En un hospital privado de Polanco, Ciudad de México, una escena inesperada rompió la calma del área de maternidad y se convirtió en tema de conversación entre quienes se creían intocables.
Don Alejandro Montoya, empresario influyente de origen español, caminaba de un lado a otro sin poder controlarse. Su esposa, Lucía Hernández, acababa de dar a luz. No fue un nacimiento común: llegaron al mundo cinco bebés a la vez.
Lo lógico habría sido ver alivio y felicidad, pero cuando Alejandro entró a neonatología y observó a los recién nacidos, su expresión cambió por completo. En lugar de emoción, mostró rechazo, dejando claro que sus prejuicios pesaban más que el momento.