—A tres mesas de ti —repetí.
Jimena volteó, buscando con la mirada. Sus ojos se posaron en un hombre joven, guapo, que estaba sentado con su esposa e hijo pequeño.
Era Diego. Su novio. El que llevaba dos años prometiendo casarse con ella. El que yo había invitado a la fiesta como “el futuro cuñado”.
—No —susurró Jimena. El micrófono le temblaba en la mano.
—Sí —dije—. Diego. El mismo Diego que te recogió del hotel en la Roma. El mismo Diego que pagó la habitación con su tarjeta de crédito. El mismo Diego que, según mis fotos, te visitó tres veces la semana pasada mientras Fernando estaba en Cuernavaca.
El salón enmudeció. Fernando se puso pálido. Mi mamá se llevó las manos a la boca.
—Mentira —gritó Jimena—. ¡Es mentira! ¡Fernando es el padre!
Saqué mi celular del bolso. Proyecté las fotos en la pantalla gigante que había preparado para el slideshow de aniversario.
Foto uno: Jimena y Diego entrando al hotel. Foto dos: Jimena y Diego saliendo, ella riendo, él con la mano en su vientre. Foto tres: Diego comprando una prueba de embarazo en la farmacia. Foto cuatro: Diego hablando con el investigador, entregándole un sobre con dinero.
—Diego sabía —dije—. Diego contrató a Héctor hace tres meses. Quería saber si el bebé era suyo antes de casarse contigo.
Jimena volteó a ver a Diego. Él no la miraba. Miraba a su esposa, que estaba llorando en silencio.
—¿Por qué? —preguntó Jimena, con la voz quebrada—. ¿Por qué me hiciste esto?
Me acerqué a ella. Le quité el micrófono de la mano.
—Yo no te hice nada, Jimena. Tú elegiste acostarte con el esposo de tu hermana. Tú elegiste mentirme. Tú elegiste venir a mi fiesta a humillarme.
Bajé la voz, pero el micrófono captó cada palabra.
—Lo único que yo hice fue asegurarme de que todos supieran la verdad. No solo que me engañaste con Fernando. Sino que engañaste a Diego también.
Fernando se levantó. —Esto es una locura. Vámonos.
—No —dije—. Tú te quedas. Porque todavía no terminamos.
Saqué otra hoja del fólder rojo.
—Fernando, hace seis meses vendiste tu parte de la casa. La que compramos juntos. La que era mía por ley. La vendiste a nombre de Jimena.
Jimena se llevó las manos a la cara. Fernando no dijo nada.
—Y aquí —levanté otra hoja— están los estados de cuenta. Los trescientos mil pesos que sacaste de nuestra cuenta conjunta. Los transferiste a la cuenta de Jimena.
Mi papá se levantó. Estaba rojo de furia. —¿Es verdad, Fernando?
Fernando no contestó.
—¿ES VERDAD? —gritó mi papá.
—Sí —susurró Fernando.
Mi papá caminó hacia él. Le quitó el anillo de casado del dedo. Se lo lanzó a la cara. —Fuera de mi familia.
Fernando miró a Jimena. Ella no lo miraba de vuelta.
—Te amo —dijo Fernando.
Jimena soltó una risa amarga. —¿Me amas? ¿Después de todo esto?
Diego se levantó. Tomó a su hijo de la mano. —Vámonos, hijo. Aquí no hay nada para nosotros.
Salió del salón. Jimena se quedó sola, con el vestido rojo, el maquillaje corrido, y trescientas personas mirándola.