—Si le quedan pocos meses de vida, con más razón no la quiero aquí. Esta casa no es un asilo.
La maleta se abrió al caer. Los medicamentos, una pijama y el chal que yo acababa de comprarle quedaron regados sobre el piso.
Mi mamá, Teresa Salgado, tenía 63 años y estaba muy débil después de meses de tratamiento en Guadalajara.
Yo me agaché a recoger sus medicinas con las manos temblando.
—Doña Patricia, se lo estoy pidiendo por favor. Los médicos dicen que a mi mamá quizá le quedan unos meses. Solo quiero cuidarla y estar con ella.
Patricia cruzó los brazos.
—Entonces réntale un departamento.
—Pero esta casa…
—¡Esta casa es de la familia Ramírez!
Su grito me hizo guardar silencio.
—Llevas seis años casada con mi hijo, Laura. Has vivido bajo este techo todo ese tiempo. ¿Y ahora quieres meter aquí a una enferma para que todos tengamos que cuidarla?