Le ofrecí ayuda económica.
—Prefiero que se respeten mis derechos laborales, señor —respondió—.
No quiero depender de un favor personal.
Aquella respuesta me obligó a reconsiderar una vieja costumbre: utilizar el dinero para resolver problemas de personas cuya autonomía nunca había tomado suficientemente en serio.
Nora siguió con su vida.
Cumplió años, dibujó animales y aprendió a escribir su nombre.
Su madre procuró que mi enfermedad no se convirtiera en el centro de su infancia.
Una tarde vi a la niña en el jardín y le pregunté por su elefante de trapo.
Me contó que ahora tenía una amiga, una jirafa hecha con un calcetín.
Hablamos de animales durante unos minutos.
No me preguntó por mis contratos ni por los médicos.
Me regaló un dibujo.
Más adelante le envié, con permiso de Lourdes, una tarjeta con un elefante y una frase: