La hija de 5 años de mi empleada señaló mi nuca y dijo: “Señor, tiene algo debajo de la piel”. Mi prometida intervino de inmediato: “Solo es una cicatriz vieja, cariño”. Después de 3 años sufriendo constantes lagunas de memoria, pedí que me examinara un médico independiente y exigí mi historial clínico completo. Entonces apareció un correo que yo mismo había enviado 2 años antes… y su contenido contradecía lo que figuraba en mi expediente médico.

Yo conocía aquellas empresas.

Antes del accidente había permitido que algunas rutas legales coexistieran con redes de contrabando y extorsión.

Cuando decidí retirarnos de esas actividades, Gerardo se opuso.

Poco después sufrí la caída, investigada como accidente laboral sin pruebas concluyentes de agresión.

No había evidencia para afirmar que alguien provocó aquel accidente.

Pero sí empezaba a comprender cuánto habían aprovechado mi enfermedad.

Una antigua enfermera de la clínica, Yolanda Peiró, aportó declaraciones y comunicaciones profesionales por las vías correspondientes.

Había observado que Morata aceptaba peticiones de revisión transmitidas por Amalia o Gerardo, y que algunas objeciones mías no quedaban reflejadas correctamente.

También reconoció que nunca había presenciado una orden explícita de hacerme daño.

Entonces decidí enfrentar a Amalia.

—¿Por qué continuaron ajustando el aparato cuando pedí reconsiderar el tratamiento?

Lloró antes de responder.

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