Justo cuando terminé de pagar la deuda de mi casa, mi madre llamó y me dijo que se la regalara a mi hermana como regalo por haber obtenido su doctorado. Mi padre añadió: —Siempre serás el mayor fracaso de esta familia. Cuando pregunté dónde viviríamos mi hija y yo, respondió: —Mañana a las 10 iremos para obligarte a firmar los papeles. Justo cuando estaba a punto de colgar, mi hija dijo: —Perfecto. Tengo una sorpresa para ellos.

Parte 1

La noche en que terminé de pagar mi casa, lloré frente a la computadora.

No de tristeza.

De cansancio.

Durante 10 años había trabajado dobles turnos en la cafetería de un hospital privado en Ciudad de México y, los fines de semana, limpiaba departamentos en Santa Fe.

Usaba los zapatos hasta que la suela se abría.

Compraba ropa únicamente cuando la anterior ya no podía remendarse.

Había faltado a cumpleaños, reuniones y hasta a 2 festivales escolares de mi hija, Valeria.

Todo para liquidar aquella casa pequeña de 3 recámaras que había comprado cuando tenía 23 años.

Esa noche, después de hacer la última transferencia, la pantalla mostró una frase que me hizo taparme la boca para no despertar a mi hija.

CRÉDITO LIQUIDADO.

Me llamo Mariana Ortega.

Tenía 33 años.

Y por primera vez en mi vida podía decir que algo era completamente mío.

La casa era

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