—Todavía no —dije—. Hoy no hace falta irse para estar a salvo.
Abrí el bolso. El anillo seguía en el bolsillo pequeño, donde lo había escondido para que Graham no lo convirtiera en chiste antes de tiempo. Me lo puse yo. No como una prueba delante de cuatrocientas personas. Como quien se viste en su propia cocina. Alexander lo vio y sonrió con la sonrisa que yo había reconocido en la puerta del salón, la que se le apagaba solo cuando alguien me había hecho daño. Aquí no se le apagó. Me besó la frente. El beso fue breve, delante de mi madre y de mi hermana y de la mujer que me había criado, y nadie apartó la mirada.
Elena se inclinó hacia el cuenco de piedra. Sacó una hoja, la dejó en la hierba y dijo, como si hablara del tiempo: