—Y a ti, su valentía.
Me incliné hacia ellas.
—Y quiero que sepan algo.
Mi voz se quebró.
—Nunca tendrán que hacer nada especial para merecer el amor de su mamá.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Ella las amaba antes de conocerlas.
Besé sus pequeñas frentes.
—Y yo las voy a amar todos los días de mi vida.
Cuando las niñas se quedaron dormidas, regresé a mi habitación.
Abrí el armario.
Allí estaba la sudadera gris de Mariana.
La misma que había llevado al hospital.
Durante meses la había conservado intacta.
Tenía miedo de que, si la lavaba, desapareciera el último rastro de su perfume.
La tomé entre mis manos.
La acerqué a mi rostro.
Y lloré.
Después recordé las palabras de su carta.
«No conviertas nuestro amor en un castigo».
Me senté en la cama.
Durante mucho tiempo contemplé aquella sudadera.