PARTE 1
—¡Sácala de esta casa, Alejandro! ¡Tu esposa pidió dinero a prestamistas, nos llenó de vergüenza y hasta anda revolcándose con otro hombre mientras tú estás fuera!
Eso fue lo primero que escuché cuando crucé la puerta después de casi once meses sin volver a casa.
Yo tenía treinta y seis años y era capitán del Ejército. Mi unidad estaba destacada lejos de Puebla y, por haber terminado antes una comisión, me autorizaron tres días de permiso. No avisé a nadie porque quería sorprender a mi esposa, Daniela.
En mi mochila llevaba un pequeño broche para el cabello que había comprado pensando en ella.
Nunca imaginé que ya no tendría cabello donde ponérselo.
La casa de mi madre, en un pueblo cercano a Atlixco, parecía haber pasado por una pelea. Una silla estaba tirada, un termo roto y había agua sobre el piso.
Pero cuando vi a Daniela, todo lo demás dejó de importarme.
Estaba sentada contra una pared, abrazándose las piernas. Tenía moretones en el rostro, raspones en los brazos y la blusa rota a la altura del hombro.
Su cabello negro, ese que le llegaba casi hasta la cintura, había desaparecido.
Se lo habían rapado de manera brutal, dejando mechones irregulares y pequeñas heridas en el cuero cabelludo.
—¡Mira lo que provocó! —gritó mi madre, doña Teresa, sujetándome del brazo—. Vinieron unos cobradores. Dice tu hermana que Daniela debe más de cien mil pesos.
Mi hermana menor, Fernanda, apareció detrás de ella.
Vestía impecable. Uñas recién hechas, perfume caro, una pulsera dorada que jamás le había visto.