—Nuestras hijas —repitió.
Entonces asentí.
—Hagan todo lo posible por salvarlas.
Los médicos continuaron luchando por los tres.
Pero unas horas después, nuestras gemelas estaban vivas.
Y Mariana había muerto.
Me llamo Daniel Herrera.
Tengo treinta y cinco años y vivo en Puebla.
Hasta hace tres meses, creía que mi vida estaba completa.
Tenía un buen trabajo como ingeniero.
Una casa pequeña.
Una esposa maravillosa.
Y dos hijas que estábamos esperando con una ilusión imposible de describir.
Mariana y yo llevábamos siete años casados.
Nos conocimos cuando ambos trabajábamos en una empresa de tecnología.
Ella era diseñadora gráfica.
Tenía una sonrisa contagiosa y una manera especial de hacer que cualquier problema pareciera más pequeño.
Cuando supimos que esperábamos gemelas, lloramos de felicidad.
Compramos dos cunas blancas.
Pintamos la habitación de color crema.