PARTE 2: LA FIRMA QUE ME ROBÓ SEIS AÑOS

Durante varios segundos fui incapaz de responder.

Miré a Rosalind.

Después a los dos niños.

—¿Decirme qué?

Ella cerró los ojos.

—Dios mío, Christopher.

El niño que tenía mi misma ceja se aferró a su abrigo.

—Mamá, ¿quién es?

Rosalind abrió la boca, pero ninguna palabra salió.

Me agaché lentamente para quedar a su altura.

—¿Cómo te llamas?

El pequeño miró primero a su madre.

—Ethan.

El otro despertó.

—¿Y tú?

—Noah.

Cinco años.

Dos niños.

Mis ojos.

Mi cabello.

Los rasgos de mi padre.

Ya no podía seguir fingiendo que aquello era una coincidencia.

Me levanté.

—¿Son míos?

Rosalind comenzó a llorar.

Eso fue suficiente.

Retrocedí un paso.

Durante cinco años mis hijos habían existido en algún lugar del mundo.

Habían aprendido a caminar.

A hablar.

Habían celebrado cumpleaños.

Habían estado enfermos.

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