Continúa leyendo la segunda parte de la historia

El segundo golpe contra la puerta fue tan fuerte que un cuadro cayó de la pared.

Víctor bajó lentamente el bastón.

—Papá… ¿quién es?

Raúl no respondió.

Por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre arrogante parecía aterrorizado.

—Abre la puerta —ordenó una voz desde fuera.

Reconocí esa voz incluso medio inconsciente.

Mi padre.

Gabriel Mendoza.

El hombre al que no veía desde hacía casi cuatro años.

Helena palideció.

—¿Gabriel?

Víctor miró a su padre.

—¿Quién demonios es Gabriel?

Raúl lo agarró del brazo.

—Baja ese bastón. Ahora.

Demasiado tarde.

La puerta se abrió y varios hombres entraron, pero mi padre pasó entre ellos sin mirar a nadie.

Sus ojos me encontraron en el suelo.

Se quedó inmóvil.

Yo tenía una mano sobre el vientre y apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Papá… —conseguí murmurar.

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