Patricia tomó nota. Llamó al agente y pidió que una patrulla pasara por esa dirección sin sirena. Mientras hablaba, me mostró en el teléfono lo que la cámara había seguido grabando: Randy vaciando un cajón, Eden arrancando papeles del folder azul, los dos gritándose en la cocina. No hacía falta repetir sus insultos. Bastaba ver que ya no actuaban como madre e hijo unidos. Actuaban como dos personas que temían no llegar primero al mismo secreto.
Marina nos contó lo que podía decir sin convertirse en un manual de su propia desgracia. El terreno de su madre era modesto, un lote al borde de un camino que entonces no valía lo que vale el mío. Randy lo quiso igual. Cuando ella se negó, dejaron de discutir y empezaron a aislarla. Una noche salió a comprar medicina para Rosa y no recuerda el trayecto de vuelta. Despertó con el nombre de otra paciente en la pulsera. Una enfermera vieja, que ya no trabaja allí, comparó su cara con una foto que Marina llevaba cosida en el forro del abrigo y entendió el error, o el designio. La ayudó a irse antes de que alguien firmara el alta con el nombre falso. Desde entonces Marina limpiaba casas por días, cobraba en efectivo y llamaba a su madre solo desde teléfonos prestados, con la voz cambiada, diciendo que era una vecina.