—Eso dijiste hace media hora.
Mateo sonrió.
—Es que estamos a punto de resolverlo.
Dejé las tazas sobre el escritorio.
—El cerebro también necesita descansar.
Daniel suspiró.
—Está bien.
Mateo cerró su cuaderno.
Después me miró.
—¿Vas a estar allí cuando anuncien los resultados?
Me quedé sorprendida.
—Por supuesto.
—¿Aunque no ganemos?
Me acerqué y le acomodé el cabello.
—Especialmente si no ganan.
Daniel sonrió.
—Sabía que ibas a decir eso.
Y los tres nos reímos.
Aquella promesa era sencilla.
Pero para mí significaba mucho.
Yo estaría allí.
Como había estado en sus primeras exposiciones.
En sus partidos escolares.
En sus cumpleaños.
En sus conciertos.
Y en cada ocasión en que necesitaban mirar hacia el público para encontrar una cara conocida.
No sabía que ese día también encontraríamos a Alejandro.
La mañana de la competencia salimos temprano de Monterrey.