Recuerdo haber bajado los primeros escalones sosteniéndolo por debajo de los brazos.
Recuerdo sus ataques de tos.
Recuerdo el ruido del fuego.
Y recuerdo una viga que se desprendió del techo.
Cayó directamente sobre mi espalda.
El dolor fue tan intenso que mi memoria se interrumpió.
Cuando recuperé la conciencia, estaba en una unidad especializada para pacientes quemados.
Mauricio había sobrevivido.
Yo tenía lesiones profundas que requerirían años de tratamiento.
Durante los primeros once días permaneció junto a mi cama. Me sostenía la mano, lloraba y repetía que jamás olvidaría lo que había hecho por él.
Una noche, mientras las enfermeras cambiaban mis vendajes, se acercó a mi oído.
—Me salvaste la vida, Vale. Voy a dedicar el resto de la mía a hacerte feliz.
Guardé aquella promesa en un pequeño cuaderno que me habían dado durante la rehabilitación.