PARTE 1
—Si sales por esa puerta para ir al aniversario de tu padre, firma el divorcio antes de irte.
La voz de Mauricio cayó sobre la sala como un golpe seco.
Valeria se quedó inmóvil, con una maleta pequeña junto a la pierna y una caja de veladoras entre las manos. Había pedido una sola cosa: viajar ese día desde Ciudad de México hasta el pueblo de su madre, cerca de Atlacomulco, para acompañarla en el primer aniversario luctuoso de don Ernesto.
La noche anterior había dejado comida preparada, la casa limpia y hasta el postre listo para la visita de unos socios de su esposo.
Pero Teresa, su suegra, se plantó frente a la puerta.
—Tu padre ya murió, hija. Los muertos no regresan. Aquí tienes obligaciones con los vivos.
Valeria apretó los labios.
—Doña Teresa, regreso esta misma noche. Mi mamá está sola. Solo quiero estar en la misa y prenderle una veladora a mi papá.
—¿Y mis invitados? —replicó Teresa—. ¿Quién va a servir? ¿Yo?
En ese momento Mauricio bajó las escaleras ajustándose el saco. Desde que lo habían nombrado director regional de Grupo Altavista, caminaba como si todos le debieran algo.
Tres años antes, cuando estaba desempleado, era otro hombre. Le llevaba café a Valeria cuando ella trabajaba hasta tarde y le decía que jamás olvidaría quién estuvo con él en los peores días.
Ahora la miró con fastidio.
—Mi mamá ya te dijo que no.
Valeria sintió que algo se rompía dentro de ella.
—Es el aniversario de mi padre.
—No hagas un drama —respondió él—. Estás casada conmigo. Aprende cuáles son tus prioridades.
Teresa sonrió satisfecha.
—Eso. Una esposa decente sabe dónde está su lugar.
Valeria observó a su marido durante varios segundos.
—¿De verdad me vas a impedir ir?
—Sí.
—¿Y si voy de todos modos?
Mauricio abrió un cajón del mueble. Sacó una carpeta, extrajo una hoja y la arrojó sobre la mesa.
Era una solicitud de divorcio ya preparada.
Solo faltaba la firma de Valeria.
Ella levantó la mirada.
Entonces entendió que aquello no había nacido de una discusión. Lo habían planeado.
Teresa soltó una risita.
—Ándale. Firma. A ver si eres tan valiente.
Mauricio cruzó los brazos.
—Tú sabrás. Pero si sales, no regreses. Y no olvides que sin mí no tienes nada. Con tu sueldo apenas te alcanza. En unos meses vas a estar rogándome que te reciba otra vez.
Valeria recordó las noches en que él no tenía ni para el transporte. Recordó las comidas que ella pagaba, las entrevistas que le conseguía, los meses en que sostuvo los gastos de ambos sin humillarlo una sola vez.
Tomó la pluma.
Firmó.
El rostro de Teresa cambió.
Mauricio tardó unos segundos en reaccionar.
—Perfecto —dijo al fin, fingiendo una sonrisa—. Ya veremos cuánto te dura el orgullo.
Valeria dobló una fotografía de su padre, la guardó en su bolsa, tomó la maleta y caminó hacia la puerta.
Nadie la detuvo.
Al cerrar detrás de ella, escuchó a Teresa decir:
—En dos días vuelve llorando.
Valeria no volteó.
Todavía no sabía que, antes de que terminara el día, una sola conversación en casa de su madre iba a cambiar por completo el destino de Mauricio.
Y lo que ocurrió después fue algo que ninguno de ellos habría podido imaginar.
PARTE 2
El autobús avanzó entre el tráfico de la autopista mientras Valeria miraba por la ventana sin secarse las lágrimas.
Pensaba en su padre.
Y también en los tres años de matrimonio que acababa de dejar atrás.
Cuando conoció a Mauricio, él estaba desempleado. Había estudiado administración, tenía talento, pero llevaba meses enviando currículums sin recibir respuesta. Valeria trabajaba entonces en el área contable de una empresa mediana. No ganaba demasiado, pero nunca permitió que él se sintiera menos.
Cuando se casaron, Mauricio seguía sin encontrar estabilidad.
Una noche, desesperado, le dijo:
—Tal vez deberías dejarme. No quiero arrastrarte conmigo.
Ella le sostuvo la mano.
—Me casé contigo, no con tu cuenta bancaria.
Días después, Valeria hizo una llamada que Mauricio jamás conoció.
Su tío Ricardo Hernández era presidente del consejo de Grupo Altavista, uno de los conglomerados empresariales más importantes del país. La familia de Valeria tenía dinero, pero sus padres la habían criado con discreción. Ella había decidido vivir de su propio trabajo y nunca hablar de sus conexiones.
—Tío —le pidió entonces—, dale una oportunidad. Solo una. Pero no le digas que yo hablé contigo.
Ricardo aceptó.
Una semana después, Mauricio recibió una invitación para entrevistarse en Grupo Altavista.
Creyó que había sido suerte.
Después llegaron los ascensos, los bonos, las capacitaciones y finalmente la dirección regional.
Mauricio tenía capacidad, sí. Pero en más de una ocasión Ricardo había intervenido para que le dieran tiempo, mentoría y una segunda oportunidad.
Valeria nunca se lo dijo.
Quería que su marido se sintiera orgulloso de sí mismo.
Al llegar al pueblo, su madre, Elena, la abrazó frente al altar donde estaba la fotografía de don Ernesto, rodeada de flores blancas.
Valeria encendió tres veladoras.
—Perdóname, papá —susurró—. Tardé demasiado en entender que aguantar humillaciones no era salvar una familia.
Después de la misa y la comida con los parientes, un automóvil oscuro se detuvo frente a la casa.
Bajó Ricardo.
Al verla, supo inmediatamente que algo estaba mal.
Más tarde, en el patio, Valeria le contó todo: los insultos, las humillaciones de Teresa, la frialdad de Mauricio y, finalmente, el ultimátum de aquella mañana.
Cuando repitió la frase “sin mí te vas a morir de hambre”, Ricardo dejó lentamente su taza de café.
—¿Firmaste?
—Sí.
—¿Quieres volver con él?
Valeria tardó en responder.
—No.
Ricardo asintió.
—Entonces no voy a vengarme por ti. Pero sí voy a revisar algo que debí revisar hace mucho.
Sacó el teléfono.