Valeria frunció el ceño.
—Tío, no quiero que lo corras por ser mi exesposo.
—Yo tampoco. Sería injusto. Pero desde hace meses recibo reportes sobre su trato a subordinados, uso indebido de su autoridad y quejas que quedaron archivadas porque varios directores creían que yo lo protegía.
Valeria se quedó helada.
Ricardo hizo una llamada.
—Necesito el expediente completo de Mauricio Salgado, evaluaciones, quejas internas y auditorías. Mañana a las nueve quiero sesión extraordinaria del consejo.
Colgó.
En ese instante, el teléfono de Valeria vibró.
Era un mensaje de Mauricio:
“Regresa hoy, pídele perdón a mi mamá y podemos fingir que nada pasó.”
Ricardo leyó la pantalla.
No dijo nada durante varios segundos.
Luego miró a Valeria.
—Mañana vas a entender algo: yo le abrí una puerta, pero fue él quien decidió qué clase de hombre iba a ser al cruzarla.
A decenas de kilómetros, Mauricio dormía convencido de que Valeria regresaría humillada.
No tenía idea de quién iba a estar sentado frente a él a las nueve de la mañana.
PARTE 3
Mauricio despertó de excelente humor. Se puso un traje azul marino y bajó a desayunar. Teresa ya tenía café y chilaquiles sobre la mesa.
—Hoy sí pareces todo un director —dijo orgullosa.
Mauricio sonrió.
—En unas semanas vienen las evaluaciones de altos mandos. Si cierro bien el trimestre, quizá me den una vicepresidencia.
Teresa levantó las cejas.
—Y entonces vas a conocer a una mujer de tu nivel. No alguien que se la pase corriendo detrás de su mamá.
Mauricio no la corrigió.
Solo revisó el teléfono.
Valeria no había respondido ninguno de sus mensajes.
Eso comenzaba a irritarlo.
—Se está haciendo la digna —murmuró.
—Déjala —respondió Teresa—. Cuando se le acabe el dinero, vuelve sola.
Mauricio tomó las llaves del auto.
—Y cuando vuelva, tendrá que pedirte perdón primero.
A las ocho y media entró al edificio de Grupo Altavista en Paseo de la Reforma.
Notó algo extraño: varias personas lo saludaron con demasiada seriedad y otras evitaron mirarlo. A las ocho cuarenta, una asistente de Recursos Humanos apareció en su oficina.
—Licenciado Salgado, el consejo pidió que todos los directores estén en la sala principal a las nueve.
—¿Por qué?
—No me informaron.
Mauricio entró a la sala todavía seguro de sí mismo.
A las nueve en punto llegaron Ricardo Hernández, la directora general y la titular de Recursos Humanos.
Ricardo no hizo bromas ni saludos prolongados.
—Hoy revisaremos varios nombramientos directivos. La empresa necesita resultados, pero también conducta ética, liderazgo y respeto a los equipos.
Mauricio cruzó una pierna sobre la otra.
Pensó que aquello no tenía nada que ver con él.
Hasta que Recursos Humanos abrió una carpeta.
—Mauricio Salgado, por favor, póngase de pie.
Él obedeció.
—Durante los últimos once meses se recibieron nueve quejas formales relacionadas con trato humillante a subordinados, represalias, asignación abusiva de cargas laborales y amenazas vinculadas a evaluaciones de desempeño. Además, una auditoría reciente confirmó dos incumplimientos al código de conducta.
Mauricio palideció.
—Eso es una exageración. Nunca me notificaron.
La directora de Recursos Humanos respondió:
—Sí fue notificado en dos ocasiones. Firmó ambos acuses.
Mauricio recordó vagamente aquellos documentos. Los había considerado simples trámites.
Ricardo habló entonces.
—También se revisaron sus evaluaciones anteriores. Usted recibió varias oportunidades de corrección.
—Señor presidente, puedo mejorar.
—La decisión no se basa en un error aislado.
La titular de Recursos Humanos colocó una hoja frente a él.
—Por resolución del consejo, queda removido de su cargo y se rescinde su contrato conforme a las cláusulas aplicables. Deberá entregar equipo y accesos antes del mediodía.
Mauricio sintió que el piso desaparecía.
—¿Me están despidiendo?
Nadie respondió a la pregunta obvia.
Media hora después salió del edificio con una caja de cartón y sus pertenencias.
Teresa llegó casi corriendo cuando él la llamó.
—¡Esto no puede ser! —gritó al leer la resolución—. Tú eres de los mejores.
Intentó entrar para hablar con Ricardo, pero recepción le explicó que no tenía cita.
Pasaron casi dos horas esperando.
Entonces se abrieron los elevadores ejecutivos.
Ricardo salió acompañado por varios directivos.
Y junto a él caminaba Valeria.
Llevaba un traje color crema y una expresión serena. Ricardo le puso una mano sobre el hombro con una familiaridad imposible entre un presidente del consejo y una empleada cualquiera.
Teresa abrió la boca.
—¿Qué hace ella con él?
Mauricio no contestó.
Valeria los vio, pero no se acercó.
Fue Mauricio quien caminó hacia ella.
—Valeria… ¿qué haces aquí?
—Vine con mi tío.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Tu tío?
Ricardo se detuvo.
Miró a Mauricio.
—Sí. Mi sobrina.