PARTE 1
A las 2:17 de la madrugada, Elena vio a su marido ponerse unos guantes azules, sacar unas tijeras de una bolsa negra y cortar un pequeño trozo de su pijama mientras él creía que ella estaba profundamente dormida.
Elena no se movió.
Ni siquiera cuando Álvaro levantó su brazo y lo colocó sobre la almohada como si estuviera acomodando un maniquí.
3 horas antes, él le había preparado la misma infusión de manzanilla que llevaba semanas llevándole a la cama. Siempre lo hacía con una sonrisa tranquila, como un gesto doméstico sin importancia. Pero aquella noche Elena había esperado a que entrara en el baño, había vaciado la taza en el fregadero y había vuelto a acostarse fingiendo que se la había bebido.
Desde hacía casi 1 mes despertaba algunos días con la cabeza espesa, las piernas pesadas y una sensación extraña de haber dormido demasiado. También habían aparecido pequeños moratones en los brazos y en una rodilla. Álvaro tenía una explicación para todo: que dormía en mala postura, que se movía mucho, que el estrés la estaba agotando.
Lo inquietante era que aquellas mañanas siempre llegaban después de noches en las que él estaba en casa.
Por eso decidió fingir.
Desde la cama del piso que compartían en Valencia, Elena observó a través de los párpados entrecerrados cómo Álvaro colocaba una cámara pequeña sobre la cómoda. Una luz roja se encendió.
Después empezó a fotografiarla.
Le giró la cabeza.
Foto.
Le cambió la posición de una pierna.
Foto.
Le subió ligeramente la manga del pijama.
Foto.
Luego estiró la tela de la camiseta, cortó un cuadrado de apenas unos centímetros y lo guardó en una bolsita transparente.
Lo peor no era la precisión.
Era la naturalidad.
Álvaro se movía como alguien que había repetido aquella rutina muchas veces. No comprobaba si Elena seguía dormida. No dudaba. No parecía nervioso.
Durante casi 20 minutos, ella dejó que su marido moviera su cuerpo sin reaccionar. Tenía miedo de que una respiración más rápida lo alertara.
Después Álvaro abrió un portátil, conectó la cámara y revisó las imágenes. A su lado dejó un cuaderno. Elena apenas podía distinguir columnas de fechas, horarios y anotaciones.
El móvil de Álvaro vibró.
Leyó un mensaje y sonrió.
Respondió.
Luego hizo algo que convirtió el miedo de Elena en otra cosa: acercó la pantalla del móvil a la cámara y la sostuvo allí durante varios segundos, como si necesitara demostrar a alguien que estaba cumpliendo unas instrucciones.
Aquello significaba que no estaba solo.
Cuando terminó, guardó la cámara, el cuaderno, las tijeras, el portátil y la bolsita con el trozo de tela. Se quitó los guantes, se inclinó sobre Elena y le dio un beso en la frente.
—Duerme bien.
La voz era la misma de siempre.
Unos minutos después, la puerta principal se cerró.
Elena esperó hasta que el silencio fue absoluto. Entonces se incorporó de golpe, revisó el dormitorio y encontró debajo de la cama una maleta rígida que nunca había visto.
Tenía un cierre numérico.
Probó la fecha de su boda.
La cerradura se abrió a la primera.
Dentro había otro portátil.
PARTE 2
Elena encendió el portátil y encontró cientos de carpetas ordenadas por fechas. Cada una coincidía con mañanas en las que había despertado confusa.
No era una sospecha. Era un archivo.
En una carpeta llamada CONTROL había una tabla: hora, cantidad añadida a la bebida, tiempo hasta que se dormía, reacción a la luz, marcas en brazos y piernas. Varias líneas terminaban con la misma frase: “tejido enviado”.
Elena miró el borde cortado de su pijama.
Luego abrió una carpeta con comprobantes de transferencias y capturas de mensajes. Personas identificadas solo con alias pagaban por fotografías concretas, determinadas prendas y pequeños recortes de tela. Álvaro respondía con fechas de entrega.
Siguió bajando por la lista hasta encontrar una carpeta llamada PRIMERO.
Era anterior a la boda.
En la primera imagen, Elena dormía en el sofá del antiguo apartamento de Álvaro, durante uno de sus primeros fines de semana juntos. Recordó aquella noche: cena a domicilio, una película y una infusión que él insistió en preparar.
Debajo había una conversación.
“Parece demasiado despierta.”
La respuesta de Álvaro decía: “La próxima vez aumentaré un poco.”
Elena cerró el portátil, lo metió en su bolso y cogió las llaves.
Entonces unos faros atravesaron las persianas.
Un coche acababa de detenerse frente al edificio.
Y, segundos después, oyó la llave de Álvaro entrando en la cerradura.
PARTE 3
Elena llegó al pasillo justo cuando la puerta se abrió.
Álvaro entró con la bolsa negra en la mano. La vio vestida, despierta y con el bolso colgado del hombro. Durante 2 segundos no dijo nada. Sus ojos bajaron hasta el bolso y después volvieron al rostro de Elena.
—¿Qué haces despierta?
Ella no respondió a la pregunta.
—¿Qué llevabas poniendo en mi infusión?
Álvaro cerró la puerta con una calma que resultó más inquietante que cualquier grito.
—Nada.
—No vuelvas a mentirme.
Él dejó la bolsa negra en el suelo.
—Elena, estás nerviosa. Siéntate y hablamos.
—He visto las fotos.
La expresión de Álvaro cambió apenas un instante.
Fue suficiente.
—¿Qué has cogido?
No preguntó qué había visto exactamente. Tampoco preguntó por qué estaba asustada. Solo quiso saber qué se había llevado.
Elena apretó la correa del bolso.
—El portátil.
Álvaro dio un paso hacia ella.
—Dámelo.
—No.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Sé que hay pagos. Sé que hay mensajes. Sé que anotabas cuánto ponías en mi bebida. Sé que me movías mientras dormía y que enviabas cosas de mi ropa.
Álvaro miró hacia la puerta, luego hacia el bolso.
—Puedo explicarlo.
—Entonces empieza por una sola cosa. ¿Desde cuándo?
Él guardó silencio.
Elena sintió que ya conocía la respuesta.
—Antes de casarnos.
El maxilar de Álvaro se tensó.
No fue una confesión verbal, pero lo confirmó todo.
—Al principio fue por dinero —dijo por fin—. Estábamos mal.
Elena lo miró sin pestañear.
Cuando aparecían las primeras carpetas todavía no compartían hipoteca, ni tenían gastos comunes, ni existía la supuesta deuda que él había utilizado durante años para justificar sus épocas de ansiedad.
—Ni siquiera vivíamos juntos.
Álvaro no contestó.
—¿Cuánto te pagaban?
—Eso ya da igual.
—A mí no.
—Empezó como algo pequeño.