Esa noche fingí quedarme dormida después de vaciar en el fregadero la infusión que mi marido preparaba para mí. Lo vi ponerse guantes, mover mi cuerpo y cortar un trozo de mi pijama. “Yo tenía cuidado.” Guardé su portátil, salí sin discutir y fui a denunciarlo; pero una carpeta llamada PRIMERO demostraba que todo había empezado antes de nuestra boda.

—No hay nada pequeño en hacer algo a una persona sin que pueda decidir.

Él se pasó una mano por la cara.

—Nunca quise hacerte daño.

Elena señaló los moratones de su brazo.

—Entonces, ¿qué es esto?

—Yo tenía cuidado.

La frase salió tan deprisa que los 2 comprendieron lo que acababa de ocurrir.

Álvaro había intentado defenderse y, en cambio, había admitido que sabía exactamente lo que hacía.

Elena dio un paso hacia la puerta.

Él se movió también y quedó entre ella y la salida.

—Apártate.

—Escúchame primero.

—Apártate.

—Si sales con ese portátil, vas a destruir nuestra vida.

Aquella frase acabó con el último resto de duda que quedaba en Elena.

Álvaro seguía hablando de “nuestra” vida como si lo ocurrido fuera un desastre compartido, una equivocación de pareja que ambos debían esconder. Como si ella tuviera la obligación de proteger el matrimonio que él había utilizado como escondite.

—Nuestra vida no estaba en ese portátil —dijo Elena—. Estaba en la confianza que tú decidiste usar contra mí.

Él levantó las manos.

—Hay gente detrás de esto que no conoces.

—Tú sí.

Álvaro apartó la mirada.

—A algunos.

La palabra hizo que Elena sintiera un escalofrío.

No había una sola persona al otro lado.

Había varias.

Y una de ellas había estado hablando con él aquella misma noche.

—¿Quién te escribió hace un rato?

—No importa.

—Para mí sí.

—No conoces a esa persona.

Elena comprendió entonces que seguir preguntando solo le daría tiempo. Tiempo para convencerla, intimidarla o recuperar el ordenador.

Sacó el móvil y lo sostuvo delante de sí.

—Si no te apartas, llamo ahora mismo.

Por primera vez, Álvaro pareció medir la situación de otra manera.

Se hizo a un lado.

Elena pasó sin rozarlo.

Antes de cruzar la puerta, él habló otra vez.

—Vas a volver cuando te calmes.

Ella ni siquiera se giró.

Bajó por las escaleras porque no quiso esperar al ascensor. Entró en su coche, bloqueó las puertas y colocó el bolso con el portátil en el asiento del acompañante. Le temblaban tanto las manos que tardó 3 intentos en meter la llave correctamente.

Álvaro apareció en el portal.

No corrió tras ella.

No golpeó el cristal.

No gritó.

Se quedó mirando.

Aquella serenidad que durante años Elena había confundido con seguridad ahora tenía otro nombre.

Control.

Y por primera vez él acababa de perderlo.

Elena condujo hasta una avenida iluminada y se detuvo junto a una cafetería abierta de madrugada. Desde allí llamó a su hermana, Marta, que vivía a 20 minutos.

No le contó todo.

Solo dijo:

—Necesito que vengas. No quiero estar sola.

Marta llegó en pijama bajo un abrigo, sin hacer preguntas innecesarias. Cuando vio el estado de Elena, la llevó directamente a urgencias. Allí Elena explicó que sospechaba que alguien llevaba tiempo añadiendo sustancias a sus bebidas y enseñó los moratones.

El personal sanitario dejó constancia de las lesiones visibles y de lo que ella relató. Después, acompañada por Marta, Elena fue a una comisaría de la Policía Nacional.

Entregó el portátil.