También explicó lo ocurrido aquella noche: la cámara, los guantes, las tijeras, la bolsita, las fotografías, el cuaderno y las conversaciones que había alcanzado a leer.
Por primera vez desde que había vaciado la infusión en el fregadero, sintió que ya no dependía únicamente de que alguien creyera su palabra.
Álvaro había creado su propio registro.
Había guardado fechas.
Había archivado mensajes.
Había conservado comprobantes.
Había escrito cantidades.
Había organizado carpetas con una disciplina casi obsesiva porque necesitaba demostrar a terceros que cumplía lo pactado.
Esa obsesión terminó convirtiéndose en la prueba que él nunca imaginó que Elena encontraría.
Durante los días siguientes, la policía y el juzgado fueron tomando las medidas correspondientes dentro de la investigación. Elena entregó también capturas de mensajes antiguos en los que Álvaro insistía en prepararle bebidas por la noche y conversaciones donde, al día siguiente, él explicaba sus dolores antes incluso de que ella preguntara.
En el registro del domicilio aparecieron más elementos relacionados con lo que figuraba en los archivos: material para empaquetar, dispositivos de almacenamiento, el cuaderno que Elena había visto y productos que fueron analizados.
La investigación no se resolvió en una tarde.
Tampoco necesitó Elena conocer todos los detalles de inmediato para entender la dimensión de lo ocurrido.
Los archivos hablaban por sí mismos.
Había encargos.
Había pagos.
Había instrucciones.
Algunas personas pedían una determinada prenda. Otras querían una postura concreta o un fragmento de tejido. Álvaro enviaba fotografías de comprobación y después preparaba pequeños paquetes.
La bolsita de aquella noche no era una rareza.
Era un pedido.
La carpeta PRIMERO demostró además que la explicación del dinero era falsa, al menos como origen. Las primeras imágenes pertenecían a una época en la que Álvaro todavía presumía de tener ahorros y ni siquiera había sufrido las pérdidas económicas de las que después culpó a todo.
Cuando Elena leyó esa parte del informe, algo se rompió de una forma distinta.
Durante días se había preguntado en qué momento su marido había cambiado.
La respuesta era más cruel.
Quizá no había cambiado.
Quizá ella simplemente había conocido una versión cuidadosamente construida para que nunca mirara detrás.
El golpe familiar llegó 4 días después.
Pilar, la madre de Álvaro, la llamó 11 veces.
Elena no contestó hasta la última.
—Tu marido está destrozado —dijo Pilar—. Dice que has cogido cosas suyas y que has ido a la policía sin dejarle explicarse.
Elena permaneció en silencio.
—Los matrimonios pasan crisis —continuó Pilar—. No puedes tirar años de relación por algo que quizá estás interpretando mal.
Elena sintió una rabia fría.
No porque Pilar supiera lo que había ocurrido.
Precisamente porque no lo sabía y ya había elegido una versión.
—Pregúntele a su hijo por qué tenía cientos de fotografías mías dormida clasificadas por fecha.
Al otro lado no se oyó nada.