MI ESPOSO ME LLAMÓ REPUGNANTE POR LAS CICATRICES QUE ME DEJÓ EL INCENDIO DEL QUE LO SALVÉ, Y SU AMANTE ORGANIZÓ UNA GALA DONDE TODAS DEBÍAMOS LLEVAR LA ESPALDA DESCUBIERTA, SIN IMAGINAR QUE EL DUEÑO MILLONARIO DE LA EMPRESA LLEGARÍA TOMADO DE MI BRAZO.

Cinco años antes vivíamos en un departamento antiguo, en el último piso de un edificio cercano al centro de Veracruz.

Mauricio estaba intentando levantar una empresa de transporte que atravesaba dificultades financieras. Trabajaba hasta la madrugada buscando inversionistas y aquella noche se había quedado dormido en el sofá con la computadora sobre el pecho.

Yo desperté por un ruido extraño.

Parecía viento golpeando dentro de las paredes.

Después llegó el olor a humo.

Cuando abrí la puerta de la habitación, vi que el pasillo estaba cubierto por una nube oscura.

Corrí hacia la sala.

Mauricio seguía dormido.

Lo sacudí desesperadamente, pero apenas reaccionaba.

El humo era tan espeso que me ardían los ojos. Entré al baño, empapé una cobija en la regadera y la coloqué sobre nosotros. Después comencé a arrastrarlo hacia las escaleras de emergencia.

El elevador ya no funcionaba.

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